La Copa Dorada
La Copa Dorada Estas palabras obligaron al Príncipe a dar media vuelta sobre sí mismo. El sobresalto no se debía al sentido de las palabras, sino a su sonido, que fue el del más castizo y sonoro italiano. Charlotte intercambió con su amigo una mirada pareja a la que éste le dirigió, y por unos instantes quedaron los dos paralizados. Pero la mirada de los dos había dicho más de una cosa. Los dos se habían alarmado al advertir que aquel pobre hombre había comprendido su íntima conversación, y también que había atribuido a Charlotte un título que no podía poseer, pero luego, para tranquilizarse mutuamente, se dijeron que el asunto carecía de toda importancia. El Príncipe siguió junto a la puerta y desde allí se dirigió al dueño de la tienda:
—Es usted italiano, ¿verdad?
El dueño de la tienda contestó en inglés:
—Oh, no, no.
—¿Es usted inglés?
En esta ocasión el dueño, sonriente, contestó en brevísimo italiano:
—Che!