La Copa Dorada

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Por el momento, la cuestión quedó zanjada, aun cuando puso de relieve que nada habían avanzado en su gestión. El dueño de la tienda, que había permanecido impertérrito, seguía allí, pacienzudo, lo cual, unido a su intensa mudez, casi producía el efecto de un irónico comentario a la conversación entre los dos. El Príncipe se dirigió hacia las puertas de vidrio del establecimiento dándoles la espalda a ellos dos, como si no tuviera nada más que hacer allí, y, con aire igualmente pacienzudo, se entregó a observar la calle. En ese momento, el dueño de la tienda, dirigiéndose a Charlotte, rompió espectacularmente el silencio, y dijo con triste acento:

—Ha visto, disgraziatamente, signora principesa, demasiadas cosas.









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