La Copa Dorada
La Copa Dorada Entre ellos habían utilizado a menudo, con finalidad jocosamente descriptiva, el término «viejo romano». En otros tiempos, y de un modo un tanto burlón, éstas habían sido las palabras que el Príncipe se aplicaba a sí mismo para explicar cualquier actitud suya. Y, en realidad, nada pareció tan propio de un viejo romano como su encogimiento de hombros:
—¿Por qué no?
—Porque desde nuestro punto de vista, sería imposible explicar a Maggie el pretexto.
Desorientado, el Príncipe preguntó:
—¿El pretexto?
—La ocasión. Este paseo que hemos dado juntos y del que no debemos hablar.
Después de unos instantes de silencio, el Príncipe dijo:
—Ah, sí, es cierto, ahora recuerdo que no debemos hablar de esto.
—A ello se ha comprometido. Y, como puede ver, el regalo y el paseo van unidos. Así es que no insista.
Una vez más, el Príncipe dejó distraídamente el objeto que había sostenido en la mano y, volviéndose hacia Charlotte y concediéndole toda su atención, le dijo con acento de cansancio:
—No insisto.