La Copa Dorada
La Copa Dorada —Es mi precio, señora. Y si usted admira este objeto, realmente creo que debe adquirirlo. El precio no es excesivo. Es casi nada. No puedo rebajarlo. Charlotte, dubitativa, pero resistiéndose, se inclinó sobre el objeto: —Imposible, es más de lo que puedo permitirme.
—Bueno, uno puede permitirse gastar más para un regalo de lo que uno puede permitirse gastar para uno mismo.
El vendedor habÃa dicho estas palabras tan dulcemente que Charlotte se dejó ganar por ellas, y en vez de poner al dueño de la tienda en el sitio que le correspondÃa, cual suele decirse, observó:
—Desde luego, se trata de un regalo.
—SerÃa un bello regalo.
Charlotte observó:
—¿Usted cree que se puede regalar un objeto que nos consta tiene una tara?
Sonriendo, el hombrecillo dijo:
—Bueno, si uno sabe que el objeto tiene una tara, le basta con decirlo. Con ello la buena fe queda a salvo.
—¿Y se deja que la persona que recibe el regalo se encargue de descubrir en qué consiste la tara?
—No se dedicará a descubrir la tara si se trata de un verdadero caballero.
—No me refiero concretamente a nadie.