La Copa Dorada
La Copa Dorada —Lo he tenido mucho tiempo sin ofrecerlo en venta. Me parece que lo he conservado para ofrecérselo a usted, madam.
—¿Lo ha guardado para mÃ, debido a que pensaba que yo no verÃa la tara que este objeto tiene?
El dueño de la tienda siguió mirándola, como si siguiera observando el funcionamiento de su mente. Por fin, dijo:
—¿Qué tara tiene?
—No soy yo quien debe decirlo, sino usted. Desde luego, algo ha de tener.
—Pero si se trata de algo que no se puede descubrir, ¿acaso no es lo mismo que si nada tuviera?
—Seguramente lo descubrirÃa tan pronto hubiera pagado el precio. Lúcidamente, el dueño de la tienda observó:
—No lo descubrirÃa si el precio pagado no fuese excesivo.
—¿Y cuál es este precio que usted considera «módico»?
—¿Qué le parece quince libras?
Con gran rapidez, Charlotte repuso:
—Pues me parece muchÃsimo.
El dueño de la tienda meneó negativamente la cabeza, despacio pero con firmeza: