La Copa Dorada

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Charlotte se había dado cuenta de lo extraño que había sido este cuarto de hora y de que las peculiaridades de Bloomsbury habían conseguido una vez más, en su protesta contra las impresiones que Charlotte había tenido, adueñarse más o menos de ella. Sin embargo, este rasgo de extrañeza bien podía calificarse de menor importancia en comparación con otro suceso que, antes de que se hubieran alejado mucho de la tienda, Charlotte tuvo que aceptar, pues les había afectado al mismo tiempo a ella y al Príncipe. Consistía sencillamente en que los dos, por cierta tácita lógica y cierta extraña inevitabilidad, habían abandonado la idea de seguir buscando. No se lo dijeron, pero siguieron el camino dando por supuesto que habían renunciado a comprar el regalo para Maggie, que habían renunciado sin hacer mención del asunto. Las primeras palabras del Príncipe se refirieron a algo absolutamente distinto:

—Espero que habrá averiguado a su satisfacción, antes de salir de la tienda, cuál era el defecto de la copa.

—Pues no es así. No me he enterado de nada, salvo de que, cuanto más la miraba, más me gustaba, y de que si usted no fuera tan inflexible me hubiera proporcionado el placer de ofrecérsela.

Al escuchar estas palabras el rostro del Príncipe adquirió la expresión más grave que había mostrado en toda la mañana:


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