La Copa Dorada

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Un agradable silencio había envuelto la mayoría de estos temas, mientras Maggie se encontraba a solas con su padre. Esta serenidad comportaba innumerables reconocimientos completos. Aquel ordenado y espléndido reposo, teniendo a su alrededor todos los indicios de una confianza sólidamente basada, habría representado, para personas de inferior temple espiritual, la insolencia del abandono. Pero no, ellos no se comportaban con insolencia —los dos lo sabían— sino con beatífica, agradecida y personal modestia, sin estar avergonzados de saber con competencia cuándo una cosa grande era grande, cuándo una cosa buena era buena, cuándo una cosa segura era segura; esto comportaba que las cosas no quedaran situadas fuera de su dicha por timidez, lo cual habría sido tan lamentable como si quedaran fuera de su dicha por descaro. Merecedores como eran de esta dicha, sometido cada uno de ellos a nuestro último análisis, parecían desear que el otro se considerara como tal. Lo que sus personas emanaban con carácter más definitorio, comunicándolo al aire de la tarde cuando sus miradas se encontraban plácidamente, bien pudiera ser una especie de desamparo en su felicidad. Su honradez, la justificación de todo, estaba con ellos acompañándolos, pero quizá habían estado preguntando, un tanto a ciegas, qué ulterior empleo podían dar a algo tan perfecto. Habían creado, alimentado y solidificado aquella honradez, la habían alojado allí con dignidad y la habían coronado de comodidad, pero ¿no cabía la posibilidad de que aquel momento representara para ellos —o para nosotros, mientras los contemplamos ante su destino— el alborear del descubrimiento de que ser honrado no basta para solucionar todos los problemas? De lo contrario, ¿cómo hubiera sido posible que Maggie sintiera que palabras claramente dudosas —la expresión del penoso desagrado experimentado pocas horas antes— ascendieran al cabo de un rato a sus labios? Además Maggie daba tan por supuesto que su padre era conocedor de sus dudas, que la vaguedad de sus palabras bastó para expresar cuanto quería decir:


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