La Copa Dorada
La Copa Dorada Entre tanto, una de las realidades más amables que se daban entre marido y mujer, una de esas fáciles certidumbres que les permitían reaccionar alegremente, radicaba en que Maggie jamás admiraba tanto a Americo, o jamás le parecía tan conmovedoramente hermoso, inteligente e irresistible, en la medida en que fatalmente así le había parecido desde un principio, como en los momentos en que veía a otras mujeres reducidas a una pasiva pulpa, y desde entonces comenzó a ser la sustancia que nutría a Maggie. En realidad, de nada hablaban con más íntima y familiar complacencia como de esa licencia y ese privilegio, de ese feliz margen sin límites recíprocamente concebido; Maggie llegaba hasta el punto de afirmar que, si algún día Americo se emborrachara y le diera una paliza, el espectáculo de Americo en compañía de odiadas rivales, cualquiera que fuese el extremo al que antes hubiera llegado, bastaría para que ella le perdonara, sólo por el soberano encanto de ese espectáculo, del encanto en sí mismo y el de aquella exhibición del Príncipe que tan profundamente conmovía a la Princesa. En consecuencia, ¿por qué no había de utilizar recurso tan abierto a sus posibilidades, para conseguir que la Princesa siguiera enamorada de él? En aquellos alegres momentos, el Príncipe reconocía de todo corazón que su actuación a este respecto pocas dificultades le planteaba, pues, por ser hombre de sencillas ideas en lo tocante a este tema —¿y por qué iba a avergonzarse de ello?—, solamente de una manera sabía tratar a las bellas. Sí, tenían que ser bellas y en esta materia era exigente, de gustos peculiares y pedía mucho. Pero, cuando estos requisitos quedaban cumplidos, ¿qué relación era la única concebible?, ¿qué relación era la única decente, básica y propiamente humana, sino la del puro y simple interés por su belleza? La Princesa siempre decía que dicho interés no era «simple» y que la simpleza poca relación guardaba con aquel asunto, considerado globalmente, sino que, por el contrario, destacaba por la riqueza de sus variados matices. De todas maneras, había quedado firmemente sentada la base de la actuación del Príncipe, y todas las señoritas Maddock del mundo podían estar seguras de que serían importantes para el Príncipe. Más de una vez Maggie había llamado a su padre para hacerle partícipe de tan graciosa situación: lo muy seguras, cómodamente seguras, que podían estar dichas señoritas. Y así fue como con la ternura de su carácter de vez en cuando proporcionaba un poco de felicidad a su padre por el medio de hacerle alguna que otra confidencia íntima. Ésta era una de las normas de Maggie, quien abundaba en pequeñas normas, consideraciones y previsiones. Desde luego, había cosas que no podía decirle directamente a su padre, cosas referentes a Americo y a ella, referentes a su felicidad, a su unión y a sus más profundos sentimientos; también había cosas que no hacía falta que dijera, pero no faltaban otras que eran verdaderas y divertidas, comunicables y reales, y de éstas Maggie podía sacar provecho dentro de sus normas, conscientes y delicadamente cultivadas, de comportamiento filial.