La Copa Dorada
La Copa Dorada —A fin de cuentas, ¿qué es lo que quieren de ti?
La Princesa se había referido a aquellas amenazadoras fuerzas cuyo símbolo era la señora Rance; y su padre, limitándose a sonreír, sin que se alterase su tranquilidad, no se tomó la molestia de fingir ignorar a qué se refería Maggie. Lo que quería decir quedaría perfectamente definido tan pronto como ella hablara, pero, cuando llegara el momento de concretar, nada podría servir de base para organizar una gran campaña defensiva. Las aguas de la conversación se extendieron un poco más, y Maggie aportó una idea cuando dijo:
—En realidad, lo que ocurre es que para nosotros las proporciones han quedado alteradas.
El señor Verver aceptó, por el momento, esta observación un tanto sibilina, y ni siquiera pidió aclaraciones a su hija cuando ésta añadió que todo tendría una importancia mucho menor si él no fuera tan terriblemente joven. El señor Verver se limitó a emitir un sonido de protesta cuando ella declaró que, en su calidad de hija, por elementales razones de decencia, hubiera debido esperar. Pero poco después Maggie ya reconocía que, caso de esperar, debería esperar largo tiempo, si quería aguardar a que su padre fuera viejo. Pero había una solución: