La Copa Dorada

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Hablaba despacio, dando a Charlotte tiempo para pensar como él quería. Y con más razón todavía había hablado despacio debido a que Charlotte le miraba fijamente, lo cual producía el efecto, agradándole sobremanera, de favorecer aún más el aspecto de Charlotte, consecuencia importante y, por el momento, dichosa. Charlotte no causaba la más leve impresión de estar sorprendida, sino que el señor Verver, al observarla, la advirtió embargada por una hermosa humildad, de modo que estaba dispuesto a darle cuanto tiempo quisiera.

Dijo:

—No debe usted creer que olvido que no soy joven.

—No, no es eso. La vieja soy yo. Usted es joven.

Ésta fue la primera respuesta de Charlotte, dada en el tono propio de haber esperado el tiempo preciso antes de contestar. Realmente, sus palabras no fueron exacto reflejo de la realidad, pero sí fueron amables, y esto era lo que el señor Verver deseaba principalmente. En las palabras siguientes, Charlotte se mantuvo fiel a la amabilidad sin alterar su voz clara y baja, ni su rostro de franca expresión:

—A mi parecer, estos días han sido verdaderamente dichosos. Difícilmente podría estar agradecida a estos días si, por haber sido como han sido, no nos hubieran llevado, más o menos, a la presente situación.


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