La Copa Dorada
La Copa Dorada En cierta manera, el señor Verver tuvo la impresión de que Charlotte mediante estas palabras había avanzado un paso hacia su encuentro, pero que al mismo tiempo no se había movido. Sin embargo, por lo menos significaban, sin la menor duda, que Charlotte pensaba grave y razonablemente, y esto era lo que el señor Verver deseaba que hiciera. Si pensaba lo suficiente, sin duda llegaría a pensar de la manera que a él le convenía. Charlotte prosiguió:
—A mi juicio, es usted quien debe estar seguro de lo que dice.
—Estoy perfectamente seguro. En asuntos importantes, jamás hablo cuando no lo estoy. En consecuencia, si usted es capaz de enfrentarse con la unión de que le he hablado, no debe preocuparse en absoluto.
Una vez más, Charlotte guardó silencio, de manera que causaba la impresión de enfrentarse con aquella perspectiva, mientras a la luz de los faroles y del ocaso, y con la caricia del suave y leve húmedo viento del Sureste, fijaba la mirada sin disimulo en los ojos del señor Verver. Sin embargo, al cabo de otro minuto sólo había meditado hasta el punto de poder decir:
—No voy a pretender hacer creer que yo piense que el casarme no sea una cosa buena, buena para mí, quiero decir.
Hizo una pausa y prosiguió: