La Copa Dorada

La Copa Dorada

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—Sí, debido a que estoy terriblemente sola, sin familia. Me gustaría no andar tanto a la deriva. Me gustaría tener uh hogar. Me gustaría tener una vida propia. Me gustaría tener motivos para hacer una cosa en vez de hacer otra, sentirme obligada por algo que no fuera yo misma.

Con tal sinceridad que incluso parecía revelar dolor pero, al mismo tiempo, con tal lucidez que casi representaba sentido del humor, añadió:

—En realidad, y creo que usted lo sabe, quiero casarme… Bueno, es la condición…

En tono vago, el señor Verver preguntó:

—¿La condición?

—Quiero decir el estado. No me gusta mi estado. Ser una «señorita» es terrible, salvo para una dependienta de comercio. No quiero llegar a ser una horrible solterona inglesa.

—Comprendo, quiere que alguien cuide de usted. Pues bien, yo me encargaré de ello.

Sonriendo, Charlotte repuso:

—Pues sí, me atrevo a decir que se trata de eso. Ocurre que no veo por qué razón, a fin de conseguir esto a que me estoy refiriendo, es decir, escapar sencillamente de mi estado, necesito recurrir a algo tan importante.

—¿Algo tan importante como casarse conmigo, quiere decir?


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