La Copa Dorada
La Copa Dorada La sonrisa de Charlotte expresaba auténtica franqueza cuando dijo:
—Con menos podrÃa conseguir lo que deseo.
—¿Piensa que soy demasiado para usted?
—SÃ, creo que es muchÃsimo.
Inmediatamente después, el señor Verver tuvo la impresión de que Charlotte se estuviera portando con él con suma dulzura, lo que le indujo a pensar que ya habÃa avanzado un gran trecho en su camino. Pero, luego, de repente, le pareció que allà habÃa algo que no armonizaba, una deficiencia quizá, algo que él no podÃa concretar, por lo que quedó desorientado sin saber cuál era la posición de los dos. En ese momento, en su conciencia apareció el hecho indiscutible de la disparidad entre uno y otro. SÃ, él hubiera podido ser su padre. Entonces dijo:
—Desde luego, esto me perjudica. No soy la persona naturalmente idónea para emparejar con usted, no soy el ser ideal de su juventud y su belleza. Tengo ese inconveniente, además, de que usted siempre me ha visto, cosa natural, bajo otro punto de vista.