La Copa Dorada
La Copa Dorada —Para otra mujer joven, de una edad muy parecida a la de Maggie, con quien ha tenido siempre una relación muy diferente a aquella que con ella tendrÃa si usted y yo nos casáramos. Para otra compañera.
Casi con fiereza, el señor Verver preguntó:
—¿Es que un hombre no puede ser, en toda su vida, otra cosa que padre?
Pero sin darle tiempo para contestar prosiguió:
—Habla usted de cambios, pero esos cambios ya se han dado, y eso nadie lo sabe mejor que Maggie. Tiene plena conciencia del cambio que produjo con su matrimonio. Del cambio que ello comportó, en lo que a mà respecta, quiero decir. Piensa constantemente en ello. Este pensamiento no le permite vivir en paz ni un momento.
Después de una pausa, el señor Verver explicó:
—En consecuencia, lo que intento es poner en paz el espÃritu de Maggie con usted. Solo no puedo hacerlo, pero con la ayuda de usted, sÃ. Usted puede conseguir que Maggie vuelva a ser feliz, en cuanto a mà se refiere.
Pensativa, Charlotte dijo:
—¿En cuanto a usted se refiere? Pero ¿qué puedo hacer yo, en cuanto a Maggie concierne?
—Bueno, si Maggie está tranquila respecto a mÃ, todo lo demás se dará por añadidura. El caso está en sus manos, Charlotte. Usted puede quitar de su cabeza la idea de que me ha abandonado.