La Copa Dorada

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Estas palabras, por fin, parecieron dejarla satisfecha:

—Muy bien. ¿Está de acuerdo en que no volvamos a tratar de este asunto hasta que Maggie haya hablado conmigo?

El señor Verver, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón y los hombros expresivamente alzados, daba muestras de cierto desencanto. Sin embargo, poco tardó en recuperar totalmente su amabilidad, y su paciencia fue ejemplar. Sonriendo, dijo:

—Desde luego, le daré tiempo. Especialmente si tenemos en cuenta que será tiempo que usted pasará en mi compañía. Seguir juntos quizá le permita ver con claridad. Quiero decir, ver lo mucho que la necesito.

—Por el momento, ya veo claramente que usted se ha convencido de ello.

Dichas estas palabras, Charlotte tuvo que insistir en algo que ya había dicho anteriormente:

—Pero, por desdicha, no todo estriba en eso.

—En este caso, ¿cómo conseguirá usted que Maggie quede satisfecha?

Como si la palabra tuviera muy largo alcance, Charlotte repitió:

—¿Satisfecha?

Y en tono aún crítico, exclamó en un murmullo:

—¡Oh…!

Y los dos emprendieron el camino de regreso.


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