La Copa Dorada

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Capítulo XIV

A mitad del camino ascendente por la «monumental» escalinata Charlotte se detuvo para esperar, al principio sola, que su compañero volviera a reunirse con ella, ya que había descendido hasta el final. Y allí estaba Charlotte con el fin, determinado por la recíproca amabilidad, de que su compañero, tan pronto cumpliera con el deber que le hizo bajar, supiera dónde encontrarla. Si bien Charlotte era extremadamente visible, no se hallaba en condición de exhibirse, pero poco le habría importado que fuera éste el caso, pues a la sazón no cabía decir que ésta fuera la primera ocasión en que se enfrentaba a la sociedad con una conciencia materialmente enriquecida y con la confianza en sí misma espléndidamente reforzada. En el curso de los dos últimos años, Charlotte había sabido, mejor que en cualquier tiempo anterior, lo que significaba tener buen aspecto, es decir, tener tan buen aspecto como sabía, desde mucho tiempo antes, que podía llegar a tener dadas ciertas condiciones. En la velada a que nos referimos, velada de una gran fiesta oficial en el momento culminante de la temporada social londinense de primavera, tenía Charlotte la impresión, en sus nervios, en sus sentidos y en su imaginación, de que esas condiciones estaban profusamente presentes, por lo que quizá nunca había quedado su fe tan justificada como en aquel instante. En la ocasión en la que volvemos a ocuparnos de ella, al alzar la vista por casualidad a un nivel superior al que se encontraba, su mirada se encontró con los severos ojos del coronel Assingham, quien con los codos apoyados en la gran balaustrada de la galería que dominaba la escalinata, intercambió con ella inmediatamente uno de los más sencillos gestos de saludo. La sencillez de la atención del coronel Assingham fue considerada por Charlotte, a pesar de los muchos asuntos en que tenía que pensar, como una de las notas más calladas en aquel gran conjunto de altos sonidos; en realidad, bien cabe decir que Charlotte tuvo la impresión de haber pulsado con el dedo una cuerda o una tecla, creando durante unos segundos una detención de las vibraciones, un sordo sonido. La imagen del coronel Assingham indicaba que Fanny sin duda alguna estaría también presente, aun cuando Charlotte no había tenido la oportunidad de verla. Esto representaba el límite de lo que la imagen del coronel Assingham podía indicar.


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