La Copa Dorada
La Copa Dorada Fanny sabÃa, desde luego, lo que el PrÃncipe querÃa decir. Se habÃa amparado en la gran fortuna de su suegro, llevándose de ella una porción de ningún modo despreciable, con la que se rodeó de un elemento en el que podrÃa flotar, pecuniariamente hablando, teniendo en consideración el fatal peso especÃfico que el PrÃncipe originariamente tenÃa. Al recordarlo, acudieron a la memoria de Fanny otros hechos, como lo raro que es que algunas personas, reconociéndoles todos sus méritos, desde luego, sean debidamente cotizadas en el mercado de valores, como suele decirse, y lo extraño que resulta también, y quizá más en algunos casos, que por ignoradas razones no se dé importancia a la ausencia evidente en dichas personas de aquello en virtud de cuyos méritos se les fija el precio. Fanny opinaba para sà misma y pensaba que el placer que podÃa proporcionarle aquel concreto ejemplar no quedaba mermado por el hecho de que el personaje en cuestión se mostrase tan predispuesto a limitarse a flotar en virtud de los méritos de otros. Y ello era asà debido, en parte, a que se trataba de una clase de placeres (realmente, el PrÃncipe los producÃa) que por su misma naturaleza no podÃan quedar mermados, cualquiera que fuese la prueba a que se los sometiera, y en parte también se debÃa a que el PrÃncipe, evidentemente, tenÃa en su conciencia una especie de satisfacción por los servicios prestados. El PrÃncipe resultaba muy agradable siempre, indudablemente, pero ella estaba convencida de que él deseaba comportarse con la elegancia suficiente como para que esta elegancia constituyera una compensación. Que el PrÃncipe hubiera puesto en práctica estos propósitos por el sistema de llevar la vida, respirar el aire y casi tener los pensamientos que más satisfacÃan a su esposa y a su padre era consolador para Fanny, de modo que hasta hacÃa muy poco lo percibÃa con tanta claridad que incluso se sintió impulsada más de una vez a manifestarle la dicha que le proporcionaba. SÃ, el PrÃncipe tenÃa esto en su favor, frente a otras cosas en contra. Sin embargo, le molestaba, lo cual no dejaba de ser un tanto raro, que éste siguiera moviéndose y le demostrara que seguÃa moviéndose sobre el firme terreno de la verdad. Que reconociera sus obligaciones no dejaba de tener importancia, pero ella percibÃa una especie de temible insinuación en la comprensión que de la verdad él tenÃa. Y esta insinuación apareció ante Fanny incluso en las siguientes palabras del PrÃncipe, pese a la ligereza con que las pronunció: