La Copa Dorada
La Copa Dorada —¿Verdad que casi parece que Charlotte y yo debamos agradecer a un benefactor común el que podamos tratarnos tan Ãntimamente?
Para la interlocutora del PrÃncipe el efecto de estas palabras quedó grabado por el siguiente razonamiento:
—Muchas veces tengo la impresión de que el señor Verver también es el suegro de Charlotte. Es como si él nos hubiera salvado a los dos, pues es un hecho real en la vida de Charlotte y en la mÃa o, por lo menos, en nuestro corazón, que en sà mismo ya constituye un vÃnculo.
Hizo una pausa y prosiguió:
—¿Recuerda aquel dÃa en que Charlotte acudió a su casa, poco antes de mi boda? ¿Recuerda de cuán franca y divertida manera hablamos en presencia de la propia Charlotte de lo aconsejable que serÃa que hiciera un buen matrimonio?
A continuación, mientras en el rostro angustiado de su amiga, como habÃa ocurrido hacÃa poco ante Charlotte, seguÃa ondeando la negra bandera del rechazo general, él dijo: