La Copa Dorada
La Copa Dorada Sí, esto era exactamente lo que Fanny Assingham sabía que iba a escuchar, y estas palabras tuvieron exactamente también la prevista virtud de hacerla desdichada por las razones que ahora latían en su corazón. Sin embargo, Fanny no estaba plenamente dispuesta a sufrir, como se dice estaban los mártires, no estaba dispuesta a sufrir, odiosa e irremediablemente allí, en aquel momento, en público, pero esto sólo podía lograrlo interrumpiendo la conversación con cualquier pretexto, darla por terminada e irse. Ahora Fanny deseaba volver a casa, de la misma manera que una o dos horas antes había deseado acudir allí. Quería dejar atrás el interrogante que se había formulado en su mente y a la pareja que de repente dicho interrogante había revestido de tan vívida forma, pero Fanny consideraba que era horroroso comportarse como si huyera desconcertada. Fanny se había dado cuenta de que la conversación constituía un peligro, el peligro de la luz que se colaba por las grietas de las frases, y el franco reconocimiento de que la existencia del peligro era peor que cualquier otra cosa. No, no era eso lo peor, sino que, mientras Fanny pensaba ya en la manera en que debía emprender la retirada, aún no había reconocido que quería emprenderla. La expresión del rostro de Fanny revelaba traicioneramente su desdicha y, ante esto, Fanny no sabía qué hacer. El Príncipe dijo: