La Copa Dorada

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El Príncipe hizo una pausa, como si incluso esta única observación que acababa de anunciar fuera difícil de expresar si Fanny Assingham no le animaba a hacerla. Sin embargo, nada en el mundo hubiera podido inducir a Fanny a dar al Príncipe aquellos ánimos. Ahora tenía conciencia de que jamás en su vida había estado con el cuerpo tan quieto, ni con el ánimo tan tenso. Se sentía igual que el caballo del cuento, llevada una y otra vez al agua, por sus propias culpas, pero segura de que no podrían obligarla a beber. En otras palabras, invitada a comprender, Fanny contenía el aliento por temor a revelar que realmente comprendía, como era verdad, por la sencilla razón de que, por fin, tenía miedo a comprender. Al mismo tiempo, Fanny comprendía con toda claridad que ya sabía de antemano cuál era la observación del Príncipe; tenía la impresión de haber oído aquellas palabras antes de que sonaran, de haber saboreado, en fin, la amargura que producirían en su especial sensibilidad. Pero su interlocutor, impulsado por una necesidad interna, exclusivamente suya, no quedó amilanado por el silencio de Fanny:

—Lo que no comprendo es por qué, desde el punto de vista del señor Verver, es decir, habida cuenta de sus afortunadas circunstancias, se sintió impulsado en su día a contraer matrimonio.


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