La Copa Dorada

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—Ya ha salido adelante, hace mucho tiempo que salió adelante. Y si no ha salido adelante, hubiese debido hacerlo.

—Si tenía que haber salido adelante, eso es ya una razón más para recurrir a su ayuda y que usted siga ayudándome, pues puedo asegurarle firmemente que no he salido adelante. Las nuevas realidades, y son muchísimas, siguen siendo nuevas para mí, y los misterios, las expectativas y las presunciones todavía contienen en cantidades inmensas un elemento que no he conseguido comprender. Como sea que, afortunadamente, hemos podido conversar de nuevo, debe usted permitirme que la visite lo antes posible, debe concederme una hora, una hora de su amabilidad y su bondad.

Al advertir que Fanny Assingham mantenía su reserva, el Príncipe añadió:

—Si se niega, estimaré que también niega, con indiferencia y frialdad, su propia responsabilidad.

Estas palabras demostraron, como si se tratara de un brusco golpe de mar, que la reserva de Fanny Assingham era un buque muy frágil:

—Niego que tenga responsabilidad alguna con respecto a usted. Si alguna vez la tuve, cumplí con ella.

En todos los momentos, el Príncipe había conseguido mantener una elegante sonrisa. Ahora Fanny había conseguido una vez más que le dirigiera una penetrante mirada. El Príncipe preguntó:


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