La Copa Dorada

La Copa Dorada

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—Muy extraño me parecería que no comenzara a ver ahora en esa muchacha, a la que siempre hemos considerado como un ser insignificante y adorable, mucho más valor del que jamás llegué a pensar que tenía.

Resignado, el coronel comentó:

—Tratándose de ti, no me parece extraño:

Una vez más la señora Assingham hizo caso omiso de las palabras de su marido. Al cabo de un rato, rompió el silencio.

—En realidad, y ahora comienzo a darme cuenta de ello, Maggie es la gran salvación. Sí, lo veo. Ella será quien nos saque del atolladero. En realidad, no le quedará más remedio que hacerlo. Y podrá hacerlo.

Pincelada tras pincelada, la meditación de la señora Assingham terminó el cuadro, que produjo, en el particular sentido que su marido tenía del método, tales efectos que indujeron a éste a desahogarse de forma un tanto caprichosa, allí en su rincón, mediante una exclamación ahora frecuente en sus labios, que estaba encaminada a aliviar el agobio que solía experimentar principalmente en situaciones como la presente, exclamación cuyo origen había descubierto Fanny en los modales aborígenes, aunque siempre deliciosos, del señor Verver.

—¡Oh, Señor Dios, Señor Dios…!

La señora Assingham prosiguió:

—Desde luego, si es capaz, lo será de manera extraordinaria, y en eso precisamente pienso.


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