La Copa Dorada

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La señora Assingham guardó silencio, aunque sólo para añadir:

—Pero no estoy muy segura en lo tocante a la persona a quien, honradamente hablando, Charlotte debe más gratitud. Incluso pienso que quizá esta persona sea el menudo e increíble idealista que la hizo su esposa.

Rápidamente, el coronel comentó:

—Pues más vale que no lo pienses, querida. ¡Charlotte, esposa de un menudo e increíble idealista…!

Una vez más, sólo el cigarro del coronel Assingham pudo expresar el resto de la frase.

Con el recuerdo reavivado y con una plena visión del caso, Fanny observó:

—Sin embargo, a poco que se piense, ¿no causaba la impresión de que era esto lo que Charlotte estaba más o menos convencida que iba a ser?

Estas palabras fueron la causa de que el consorte de Fanny Assingham quedara verdaderamente un tanto pasmado:

—¿Qué dices? ¿Charlotte, una menuda e increíble idealista?

Con toda sencillez, ella prosiguió como si tal cosa:

—Y era sincera. Era inconfundiblemente sincera. El único problema radica en saber hasta qué punto sigue siéndolo todavía. Bob Assingham dijo:


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