La Copa Dorada

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El modo en que la señora Assingham se rió de él durante un instante casi le irritó. Al Príncipe se le antojó que aquella risa surgía de detrás de la cortina blanca. Era un síntoma de la profunda serenidad de la señora Assingham, una serenidad que más que tranquilizar preocupaba al Príncipe. Y, a fin de cuentas, había acudido allí para que le tranquilizaran, para que le serenaran en su mística impaciencia, para que le dijeran lo que podía comprender y creer. Aquél había sido el objeto de su visita. La señora Assingham le dijo:

—¿De manera que llama usted monstruo al matrimonio? Reconozco que, en el mejor de los casos, el matrimonio da miedo. Pero, por lo que más quiera, si esto es lo que piensa de él, haga cuanto pueda para no huir.

El Príncipe replicó:

—¡No! Huir del matrimonio representaría huir de usted, y ya le he dicho con harta frecuencia lo mucho que confío en usted para que me saque adelante.

Tanto le gustó al Príncipe la manera en que la señora Assingham acogió estas palabras, allí, en el rincón del sofá, que decidió dar a su sinceridad —porque de sinceridad se trataba— la máxima expresión.


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