La Copa Dorada
La Copa Dorada —Voy a emprender un largo viaje a través de un mar desconocido; mi barco está aparejado y dispuesto, la carga en su debido lugar, la tripulación completa. Pero parece que estoy incapacitado para viajar solo, mi nave necesita ir emparejada, necesita tener, en la soledad del mar, un… ¿cómo decirlo?, un consorte. No le pido que viaje a bordo conmigo pero necesito ver otra vela para orientarme. Puedo asegurarle que no sé manejar la brújula, pero si me guÃan, puedo seguir perfectamente a mi guÃa. Y usted debe serlo para mÃ.
—¿Y cómo sabrá cuál es el lugar al que le llevo?
—Pues por el medio de tener en cuenta que usted me ha conducido con seguridad al punto en que ahora me encuentro. En realidad jamás hubiera llegado a donde estoy sin usted. Usted me proporcionó la nave y, si bien no ha subido a bordo conmigo, me ha acompañado, siempre con suma bondad, hasta el muelle. Su propia nave está amarrada junta a la mÃa y, ahora, no puede usted abandonarme.
De nuevo la señora Assingham se mostró divertida, de una manera que al PrÃncipe incluso le pareció excesiva ya que, con la consiguiente sorpresa, tuvo la impresión de haberle comunicado su nerviosismo. La señora Assingham le estaba tratando como si, en vez de decir verdades, le ofreciera bellas imágenes para su diversión. Sonriente, la señora Assingham dijo: