La Copa Dorada

La Copa Dorada

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—¿Mi nave, querido Príncipe? ¿Acaso tengo yo una nave en este mundo? Esta casita es nuestra nave, la de Bob y la mía, y aún damos gracias por tenerla. Hemos viajado mucho, y muy lejos, viviendo, como suele decirse, totalmente al día y sin dar descanso a los pies. Ahora, ha llegado el momento de recalar.

Ante estas palabras, el joven Príncipe protestó, indignado:

—¡Habla usted de descansar! ¡Esto es puro egoísmo! ¿Descansar precisamente cuando me lanza usted a una aventura?

La señora Assingham movió negativamente la cabeza, con expresión de amable lucidez:

—¡Por Dios, no diga usted que se trata de una aventura! Usted ha tenido sus aventuras, de la misma manera que yo he tenido las mías. En ningún momento he pensado que alguno de los dos deba volver a comenzar aventuras. La última de las mías consistió, precisamente, en hacer por usted lo que tan amablemente ha mencionado. Pero todo ha consistido sencillamente en conducirle a puerto seguro. Usted ha hablado de nave, y creo que la comparación no es correcta. Sus zozobras han terminado. Prácticamente se encuentra ya en puerto seguro.

La señora Assingham concluyó:

—En el puerto de las Islas Doradas.


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