La Copa Dorada

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—¿Gratitud al Príncipe por no haberle puesto la zancadilla? ¿Quieres decir que esto, debidamente interpretado, ha de ser precisamente lo que determine el camino que Charlotte deba seguir?

Fanny, aceptando esta tesis, dio énfasis al matiz expresado por su marido:

—Debidamente interpretado.

—Pero ¿no queda todo subordinado a lo que Charlotte estime debida interpretación?

—No. No depende de nada. Es así como el deber y la delicadeza sólo ofrecen un camino.

En reacción un tanto vulgar, Bob Assingham exclamó:

—¡Oh, la delicadeza!

—Me refiero a la delicadeza en su más elevada acepción, a la delicadeza moral. Charlotte es perfectamente capaz de darse cuenta de eso. La delicadeza moral le impone el deber de dejar al Príncipe en paz.

Con brusquedad, el coronel preguntó a su esposa:

—¿De modo que has llegado a convencerte de que toda la culpa recae en la pobre Charlotte, y que ella es la única que actúa?


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