La Copa Dorada

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Mientras Fanny hablaba, el vehículo que los transportaba se detuvo ante la puerta de su casa; otro hecho valioso para Fanny fue el que su marido no se moviera, a pesar de hallarse sentado junto a la portezuela por la que debían bajar. Se hallaban a expensas de la ama de llaves, debido a que el servicio ya se había ido a dormir, así que como no les acompañaba ningún lacayo, el cochero aguardaba tranquilamente. De esta manera Bob Assingham esperó, consciente de las razones que tenía, para dar contestación a la pregunta de su mujer por otro método que no fuera el que saltaba a la vista, o sea darle la espalda y bajar del coche. Bob Assingham no volvió la cara hacia el otro lado, se dedicó a mirar fijamente al frente mientras su esposa hallaba, en el hecho de que el coronel no se moviera, cuantas pruebas podía desear, es decir, cuantas pruebas demostrativas de lo que ella acababa de decir. A Fanny Assingham le constaba que el coronel jamás hacía caso de lo que ella decía, y el hecho de que ahora dejara escapar la oportunidad de demostrarlo era de suma elocuencia. Por fin, el coronel observó:

—Más vale dejar este asunto en manos de esos dos.

Fanny inquirió:

—¿«Dejar el asunto»?

—Dejémoslos en paz. Ya se las arreglarán.


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