La Copa Dorada
La Copa Dorada Oh, sí, esto produjo sus efectos en la señora Assingham, quien, mientras el coronel subía los peldaños, se limitó a mirarle, quieta, y seguir mirándole mientras abría la puerta. El vestíbulo estaba iluminado; el coronel se quedó en el marco de la puerta, mirando a su esposa; su alta y flaca figura recortada en negro, con el sombrero marcial, casi diabólicamente inclinado a un lado, como solía llevarlo, parecía prolongar el siniestro énfasis de sus anteriores palabras. Generalmente, en esta clase de regreso al hogar, el coronel solía ir en busca de su esposa después de haber preparado el acto de entrada, por lo que, con su actual actitud, parecía tener vergüenza de enfrentarse con ella a corta distancia. El coronel miraba a su cónyuge desde la puerta, mientras ésta, sentada, sopesaba las palabras de su marido y tenía la impresión de que el cuadro mental que de aquel problema se había formado quedaba bruscamente iluminado. ¿Qué era, si no, lo que sencillamente vio escrito en la cara del Príncipe, que se hallaba bajo sus palabras? ¿Acaso no se correspondía exactamente con la burlona imagen que tenía ahora ante la vista? ¿Acaso, dicho sea llanamente, no era la promesa de que ellos se las «arreglarían a su manera» lo que él había querido proponerle a Fanny, para que ella tuviera oportunidad de aceptarla? En cierta manera, el tono en que el coronel hablaba armonizaba con la expresión de Americo, aquella expresión que de una forma tan extraña había aparecido ante Fanny, mirándola por encima del hombro. Fanny no había sabido interpretarla en aquel momento, pero ¿acaso no la interpretaba ahora correctamente, mientras veía en ella la insinuación de que debía recibir una lección? No, no aceptaría esa clase de lecciones. Fanny Assingham, mientras oía que su marido le decía: «¿Se puede saber qué pasa?», decidió también tomarse el tiempo preciso para decidir que no se dejaría atemorizar. «¿Qué pasa?», pues sí, pasaba más de lo suficiente para que Fanny se sintiera un poco mareada. Sí, no era el Príncipe la persona a quien ella estaba dispuesta a considerar primordialmente veleidosa. La veleidad de Charlotte —quizá Fanny había llegado incluso a considerarla aceptable— sólo podía plantear, a lo sumo, problemas de fácil resolución. En consecuencia, si el Príncipe había llegado al punto que ahora suponía Fanny, el asunto tomaba un cariz muy diferente. No, ahora no cabía tomar partido por uno o por otro. Fanny se sentía impotente, hasta el punto de que el tiempo pasaba y pasaba sin que bajara del coche de alquiler, por lo que el coronel tuvo que acudir junto a ella y sacarla casi a rastras, después de lo cual, ya en la acera, bajo la luz de la farola, su silencio bien habría podido ser el signo de la existencia de algo grave; este silencio llegó a su culminación cuando su marido le ofreció el brazo; los dos subieron los peldaños sumisamente juntos, unidos, igual que un nuevo Darby y una nueva Joan que hubieran sufrido un contratiempo. Aquello casi parecía el regreso de un entierro, a no ser que se asemejara más al silencioso avance hacia un hogar enlutado. Sí, por cuanto ¿a qué regresaba Fanny a su casa, como no fuera a enterrar de la forma más decente posible su error?