La Copa Dorada

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Capítulo XVII

Al parecer, los dos miembros de la pareja podían gozar de extraordinaria libertad desde el instante en que comprendieron sus respectivas posiciones. Como es natural, desde un principio Charlotte se había esforzado grandemente en hacer comprender al Príncipe la necesidad de lo anterior. Charlotte había hallado frecuentes ocasiones de hablarle de esta necesidad, y con su resignación un tanto menguada o, por lo menos, con su ingenio estimulado, con inevitable ironía Charlotte había calificado de diferentes maneras el caso en que los dos se hallaban. Lo más maravilloso consistía en que el sentido de la decencia había estado siempre muy alerta en Charlotte al referirse al asunto. Momentos hubo en que hablaba de refugiarse los dos en lo que denominaba el más sencillo y vulgar tacto, como si este principio bastara para iluminar su camino. En otros momentos bien hubiese podido parecer, a juzgar por las palabras de Charlotte, que el rumbo que los dos debían seguir requería el más ansioso estudio y la más independiente, por no decir la más original, interpretación de los síntomas y de los signos. Ahora Charlotte hablaba como si el itinerario a seguir estuviera indicado en todas las encrucijadas con carteles de casi ridícula prominencia. Después hablaba como si la senda fuera oculta y sinuosa, entre zarzas y matojos. Incluso había ocasiones en las que se expresaba como si, al carecer la situación de los dos de precedentes, su cielo careciese de estrellas.


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