La Copa Dorada
La Copa Dorada La señora Assingham le devolvió la mirada, y habló como si sus palabras la hubieran inducido a dudar:
—Ciertamente la idea me gustaba, y en ese sentido interpreto sus palabras, pero tengo la seguridad de que también le gustaba a usted. Insisto en que, en su caso, mi trabajo fue muy fácil. Lo único que tuve que hacer fue hablar en su nombre cuando llegó el momento oportuno.
—Lo que dice es verdad. Pero de todas maneras me está usted abandonando, me deja, se lava las manos de cuanto a mí concierne. Pero no le será fácil, no estoy dispuesto a permitírselo.
El Príncipe volvió a pasar la vista por aquella linda estancia que la señora Assingham acababa de calificar de último refugio, de lugar de paz para un matrimonio fatigado de recorrer el mundo, al que últimamente ella se había retirado en compañía de Bob.
El Príncipe dijo:
—No perderé de vista este lugar. Diga lo que diga, voy a necesitarla. Sabe muy bien que por nadie renunciaría a usted.
Después de un momento de silencio, la señora Assingham añadió:
—Si usted tiene miedo, que no lo tiene, desde luego, ¿por qué ha de intentar que también lo tenga yo?
El Príncipe esperó unos instantes antes de contestar a la pregunta: