La Copa Dorada
La Copa Dorada —Usted ha dicho que le «gustaba» el empeño de hacer posible mi compromiso matrimonial. Considero que es hermoso que le gustara, me parece encantador e inolvidable. Pero, además, es misterioso. ¿Por qué, mi querida y deliciosa mujer, le gustaba?
—Realmente no sé exactamente cómo interpretar semejante pregunta. Si a estas alturas no ha sido usted capaz de averiguarlo por sí mismo, ¿qué significado podrá tener para usted cualquier cosa que le diga al respecto?
Como quiera que el Príncipe guardó silencio, la señora Assingham añadió:
—¿Es que a fin de cuentas no se percata, no es consciente, en todo instante, de la perfección de esa criatura de quien le he dado posesión?
—Sí, en todo momento soy consciente y le estoy agradecido. Y ésta es precisamente la base de mi pregunta. No se trató solamente de la cuestión de entregarme usted a mí, sino también de entregarla a ella. Se trataba más de su destino que del mío. Usted tenía de ella el más alto concepto que una mujer pueda tener de otra, y, a pesar de esto, según sus propias palabras, usted gozó al contribuir a que corriera un riesgo.
La señora Assingham había mantenido la vista fija en el Príncipe mientras éste hablaba y esto fue, evidentemente, lo que motivó que repitiera las palabras antes dichas: