La Copa Dorada
La Copa Dorada —¿Intenta atemorizarme?
—Lo que dice me parece absurdo. No soy vulgar. Al parecer, es usted incapaz de comprender mi buena fe y mi humildad.
Tras una pausa, el joven Príncipe insistió:
—Soy terriblemente humilde. Ésta es la sensación que tengo hoy, cuando todo está tan terminado y dispuesto. Y usted no parece dispuesta a tomarme en serio.
La señora Assingham siguió mirándole a la cara como si realmente el Príncipe le preocupara un poco:
—¡Oh, ustedes, los profundos y antiguos italianos!
El Príncipe exclamó:
—¡Ahora! ¡A esto quería que llegara! ¡Por fin ha hablado usted con sentido de la responsabilidad!
—Sí, por cuanto que, si usted es «humilde», forzosamente ha de ser peligroso.
La señora Assingham hizo una pausa, durante la cual el Príncipe se limitó a sonreír. Luego, la señora Assingham dijo:
—No deseo en modo alguno perderle de vista. Y, en caso de que así fuera, lo consideraría injusto.