La Copa Dorada
La Copa Dorada —Muchas gracias, eso es lo que querÃa que me dijera. A fin de cuentas, tengo la seguridad de que cuanto más esté usted a mi lado mayor será mi comprensión. Esto es lo único que deseo en el mundo. En realidad, pienso que soy una persona excelente en todo, con la excepción de ser estúpido. Sé hacer bastante bien todas las cosas que veo. Pero, antes de hacer algo, he de verlo.
Después de una pausa el PrÃncipe prosiguió su argumentación:
—En absoluto me molesta que me enseñen las cosas, en realidad incluso me gusta. En consecuencia, esto es lo que quiero y lo que siempre querré: sus ojos. Deseo mirar a través de ellos, incluso a riesgo de que me muestren algo que quizá no me agrade.
El PrÃncipe concluyó:
—Porque de esta manera sabré. Y de esto jamás tendré miedo.
Quizá la señora Assingham hubiera esperado el momento de saber adónde irÃan a parar las palabras del PrÃncipe, pero lo cierto es que habló con una nota de impaciencia:
—¿Se puede saber de qué está hablando?
Con perfecta tranquilidad, el PrÃncipe pudo responder: