La Copa Dorada
La Copa Dorada —De mi real y honrado temor a estar, algún dÃa, equivocado sin saberlo. Siempre confiaré en usted, en este aspecto, siempre confiaré en que me lo dirá. SÃ, en el caso de ustedes, percatarse del error constituye un instinto. Nosotros carecemos de él, por lo menos en la medida en que ustedes lo tienen. En consecuencia…
Pero el PrÃncipe ya habÃa dicho todo lo que tenÃa que decir, por lo que guardó silencio, sonrió, y exclamó:
—Ecco!
No cabÃa negar que el PrÃncipe habÃa conseguido impresionar a la señora Assingham, pero también es preciso tener en cuenta que el PrÃncipe siempre habÃa gustado a la señora Assingham, quien ahora observó:
—Me gustarÃa mucho que me indicara un instinto que usted no posea.
Pues bien, el PrÃncipe inmediatamente sacó a relucir uno: