La Copa Dorada

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—El instinto moral, mi querida señora Assingham. Y me refiero a este instinto en la acepción que para ustedes tiene. Desde luego estoy dotado de cierto sentido que, en nuestra vieja, querida y retrasada Roma, pasa por sentido moral. Pero se parece tanto al de ustedes como la tortuosa escalera de peldaños de piedra de un castillo en ruinas de nuestro Quattrocento se pueda parecer al «vertiginoso ascensor» de uno de los edificios de quince plantas del señor Verver. El sentido moral de ustedes funciona a vapor y le eleva a uno igual que un cohete. Nuestro sentido moral es lento, empinado, oscuro, y son muchos los peldaños que en él faltan. En resumen, muchas veces es tan corto que ya cuando comienza a elevarse gira sobre sí mismo y desciende también.

—¿Confía ascender de otra manera?

—Sí, o no verme obligado a ascender en manera alguna.

Pronunciadas estas palabras, añadió:

—De todas maneras, creo habérselo dicho ya al principio.

La señora Assingham se limitó a exclamar:

—¡Maquiavelo!

—Me honra mucho, señora, calificándome así. Realmente me gustaría mucho tener la inteligencia de Maquiavelo. Sin embargo, si usted creyera de verdad que soy tan perverso como él, no me lo diría.

Alegremente, concluyó:


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