La Copa Dorada

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Dicho de otra manera, Charlotte no sólo se había subido alegremente en el tiovivo de la vida social londinense, sino que se había entregado noblemente al servicio de los otros tres, en vistas a su mayor comodidad, sostenida en su esfuerzo por su «faceta frívola», dicho en palabras que quizá sean un poco duras para expresar su agradable curiosidad innata. Había motivos de aburrimiento, momentos engorrosos en su activo quehacer, lagunas sociales, malos cuartos de hora que aparecían como piezas falsas de una moneda devaluada, a todo lo cual Charlotte, en principio, quitaba importancia de tal manera que parecía que su sensibilidad no hubiera reparado en ello. En ese aspecto, el Príncipe había reconocido los méritos de Charlotte poco después de que ésta regresara de su larga visita a América, después de su matrimonio, en donde fue, sin la menor duda, quien en todos los aspectos llevó sobre sus hombros la carga de la vida social con gracia maravillosa. Al lado de su marido, Charlotte se enfrentó alegremente con cuanto les salió al paso, y lo que les salió al paso fue, en ocasiones, de tal naturaleza que difícilmente se puede expresar con palabras: fue precisamente aquello que, estando en juego solamente sus personales intereses, había rehuido en el curso de la visita a América efectuada antes de su matrimonio. Los comentarios sobre el mundo norteamericano, la comparación de impresiones y aventuras se produjeron enseguida a modo de tema común de conversación para la señora Verver y su yerno, tan pronto como las dos parejas se reunieron. En resumen, ésta fue la razón por la que Charlotte pudo expresar tan pronto su punto de vista a su amigo, utilizando incluso expresiones que, según el Príncipe le dio a entender en aquel momento, le divertían en gran manera. Ella había preguntado:


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