La Copa Dorada

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Tal como decía, lo ocurrido allí había situado de pronto al Príncipe en Matcham, y era precisamente Matcham, durante los días de Pascua, el lugar en que, por raro que parezca, más convenía al Príncipe vivir aquellos días por el especial significado que ello comportaba, tema que había determinado en gran medida la conversación con Fanny Assingham. Digamos ante todo que el Príncipe había sido invitado a muchas mansiones rurales inglesas, que se había acostumbrado largo tiempo atrás a la vida inglesa y a actuar a la inglesa en la debida forma, y si bien no siempre gozaba con ello demasiado, sí gozaba por lo menos, y a juzgar por las apariencias, tanto como la buena gente que en la noche de los tiempos unánimemente se inventó aquella forma de vivir que todavía en el prolongado crepúsculo de su buena fe, unánimemente y un tanto automáticamente, seguía practicando; sin embargo, y a pesar de todo, el Príncipe se había limitado en el curso de las referidas estancias a poner en práctica el truco de vivir de cierta manera un tanto ajena a todo, con cierta vida interior divertidamente crítica, con la necesidad, pese a participar en todo, de replegarse sobre sí mismo, de retroceder sigilosamente, alejándose otra vez y reuniéndose en la lejanía —valga la expresión— con aquella parte de su mente que no se encontraba en forma. Su cuerpo, con gran constancia, sí se hallaba en forma en las cacerías, montando a caballo, jugando al golf, caminando por las hermosas sendas diagonales que cruzaban los prados, doblando las esquinas de las mesas de billar; y en realidad, su cuerpo afrontaba en la medida suficiente los embates de las partidas de bridge, de los desayunos y los almuerzos, de los tés, de las cenas y de la nocturna culminación con el acompañamiento de la bottigliera, como decía el Príncipe, erizando la bandeja y, por fin, satisfacía, en el moderado control que a los labios, al gesto y al ingenio se pedía, casi todas las normales exigencias de conversación. En consecuencia, se daba cuenta de que, en semejantes ocasiones, cierta parte de su persona se hallaba ausente, porque era precisamente cuando se encontraba solo o cuando se encontraba con sus familiares —o cuando se encontraba a solas con la señora Verver—, cuando hablaba, escuchaba y sentía como un ser mucho más íntegro, más congruente.


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