La Copa Dorada

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En consecuencia, la «sociedad inglesa», como hubiera dicho el propio Príncipe, le dejaba partido en dos y al considerarse a sí mismo en relación con ella, a menudo se comparaba con un hombre poseedor de una brillante estrella, de una condecoración, de la distinción de ser miembro de tal o cual orden, de algo tan ornamental que, desde un punto de vista teórico, sin ello su identidad no era completa, pero que, al advertir que dicha distinción no era habitualmente compartida por el resto de los humanos, no le quedaba otro remedio que estar casi constantemente quitándose del pecho el objeto en cuestión y guardándoselo en el bolsillo, no sin cierta renuencia. La brillante estrella del Príncipe quizá no fuera otra cosa de más valor que su propia sutileza personal, pero fuera lo que fuese dicho objeto, ahora el Príncipe no hacía más que llevar las manos a él para ocultarlo, lo cual le representaba principalmente un inquieto juego de la memoria y un hermoso bordado del pensamiento. En la casa de Eaton Square, durante los minutos de conversación de que el Príncipe gozó con su vieja amiga ocurrió algo de cierta notable importancia. En la perspectiva que el Príncipe tenía actualmente ante sus ojos, advirtió con claridad meridiana que la señora Assingham le había ofrecido su primera pequeña mentira. Esto adquirió destacada importancia sin que él hubiera podido decir por qué. La señora Assingham jamás le había mentido antes, aunque quizá se debiera a que nunca se había visto obligada a hacerlo por razones intelectivas o morales. Tan pronto la señora Assingham le había planteado la cuestión de lo que el Príncipe debía o no debía hacer —con lo cual también se refería a lo que debía o no debía hacer Charlotte—, en el caso de que Maggie y el señor Verver no aceptaran la invitación que durante uno o dos días habían causado la impresión de aceptar resignadamente, tan pronto la señora Assingham hubo manifestado su curiosidad en lo tocante a la conducta que la otra pareja, dejada en libertad de actuación, iba a seguir, dio vivas muestras de no causar la impresión de querer investigar de un modo excesivamente directo el vivir ajeno. Estas muestras radicaron en la solicitud que tres semanas antes ya había dado al Príncipe evidentes síntomas, lo que la había obligado, después de una breve meditación, a aducir una razón comprensible por su interés, en tanto que él, por su parte, pudo vislumbrar, no sin sentir cierta lástima, los esfuerzos de la pobre señora para hallar, buscándola a ciegas, dicha razón, sin encontrarla. No sin cierta lástima, se inventó una razón para que la señora Assingham la esgrimiera, ofreciéndola con una mirada que no tenía más importancia que la que hubiera tenido el hecho de coger del suelo una flor caída de las manos de la señora Assingham y devolvérsela:


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