La Copa Dorada

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El Príncipe, tan pronto comenzó a actuar de la manera que le aconsejaban los términos en que se desarrollaban las relaciones entre las casas de Portland Place y de Eaton Square, tan pronto comenzó a gozar de la espléndida hospitalidad de Matcham, descubrió que todo, de acuerdo con su interpretación y en beneficio de su comodidad, se desarrollaba a la perfección, y más aún si tenemos en cuenta que la señora Verver se hallaba presente y a su disposición, a fin de intercambiar ideas e impresiones. La gran mansión rebosaba de invitados, rebosaba posibilidades de nuevas combinaciones, del rápido juego de posibles estrechamientos de lazos y, naturalmente, no había nada que valiera más la pena cultivar que el que el Príncipe aprovechara aquella oportunidad para conversar con su amiga, encontrándose los dos seguros y alejados de sus respectivos sposi. Se daba cierta feliz audacia en el hecho de que los dos se mezclaran, cada uno sin compañía, en el mismo grupo; había en ello un matiz excéntrico de amistosa libertad que hallaba tan fácil asiento en la imaginación de los cónyuges que se habían quedado en casa. Los dos corrían el evidente riesgo de que se considerara divertido el que fueran juntos de semejante manera, aunque, por otra parte, tal consideración quedaba atenuada por el hecho de que, en la alta condición de Charlotte y del Príncipe y, asimismo, las laxas tradiciones que eran casi invitaciones a las libertades imperantes en aquella casa, no había comportamiento individual alguno, por muy marcadamente libre que fuera, que mereciera una calificación superior a la de divertido. Nuestros dos amigos se percataron de ello, como antes se habían percatado de las ventajas que ofrecía una sociedad tal que sólo tenía en cuenta su propia sensibilidad, dirigiendo la vista, como en realidad hacía, por encima del hombro a todos los que pertenecieran a inferior clase y que, además, esgrimía esta sensibilidad como si se tratara del más fácil, más amistoso y menos formalista elemento participante en la general alianza. Lo que cualquiera «pensara» de cualquier otro —y sobre todo de cualquier otro con cualquier otro— era un asunto que motivaba una tan insólita y torpe formulación, que el hecho de juzgar, sosteniendo el espíritu de balanza, habría sido estimado como cosa propia de parientes pobres, de igual limpio linaje, pero despectivamente tratados, a pesar de ser obedientes, bien educados y dotados de tacto, aun cuando con aspecto un tanto sórdido, debido sin duda a que sus posibilidades de cambiarse de ropa eran muy limitadas, para cuya tácita y abstemia presencia, jamás puesta de relieve ni tan siquiera por un gemido de la enmohecida maquinaria de dichos parientes, bastaba disponer un dormitorio en la buhardilla y darles un plato de segunda mesa, tratamiento que era el decente y usual. En aquel ambiente ligero resultaba divertido que el Príncipe volviera a estar presente, aunque sólo en representación de la Princesa, que una vez más, y desgraciadamente, no había podido abandonar su hogar; y el que la señora Verver, de manera igualmente normal, figurara como encarnada y bellamente excusatoria disculpa de la ausencia de su marido, todo él afabilidad y humildad allí, entre sus tesoros, que según la leyenda que corría no podía soportar, por sus exigentes criterios, la irritación y la depresión que las visitas multitudinarias, incluso cuando tenían lugar en casas de gran pompa, solían producirle. Nada había que objetar a la notoria y activa armonía en el trato entre el inteligente yerno y la encantadora madrastra, siempre y cuando esta relación se mantuviera en el justo punto entre lo suficiente y lo excesivo.


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