La Copa Dorada

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Y estas confidenciales palabras hubieran sido temerarias si el Príncipe no estuviera ya, incluso para sí mismo, sorprendentemente acostumbrado a pensar que su amiga era persona en la que el elemento de protesta había quedado, en los últimos tiempos, inconfundiblemente acallado. Desde luego, el Príncipe se expuso a que la señora Assingham replicara: «Si tan mala opinión les hubiera merecido, ¿cómo es posible que tan buena le merezca a usted?». Pero estas palabras hubieran tenido, en el mejor de los casos, muy poca lógica y, por otra parte, la señora Assingham parecía dispuesta a comportarse de acuerdo con la confianza y la alegría del Príncipe. Éste también tenía su propia opinión —por lo menos opinión parcial— acerca de la fuente interior de la relativa humildad actual de la señora Assingham, que estaba en consonancia con el retraimiento en que él la había visto incurrir después de la última cena ofrecida por el señor Verver. Sin emplear diplomáticas argucias, sin hacer el menor esfuerzo para dominarla, ni sobornarla para que adoptara una actitud que de ninguna utilidad le sería, si tal actitud careciera de sinceridad, el Príncipe se daba cuenta de que podía contener e impulsar a la señora Assingham por el medio de apiadarse felizmente, y de modo instintivo, de su apenas perceptible depresión. Gracias solamente a lo que intuía que ella sentía, a lo que el Príncipe percibía que ocurría bajo las aguas cristalinas y en aquel complejo cuadro, la amistad del Príncipe compensaba encantadoramente, hora tras hora, las penalidades, dicho sea en burdas palabras, consecuentes al error cometido por la señora Assingham. A fin de cuentas, su error sólo había consistido en pretender causar al Príncipe la impresión de ser una mujer recta. Se había prestado a ser —como ella misma se había apresurado a proclamarse, en el curso de la primera media hora de conversación, durante el té— la única vieja gruñona del grupo. La escala de todo era allí muy diferente a todos los valores menores de la señora Assingham, a sus raras gracias, a su pequeña autoridad local, a su humor y a su repertorio de vestidos, con todo lo cual le bastaba en cualquier otro lugar, entre sus bons amis, amigos que eran suyos, de la bondadosa Fanny Assingham; todos estos valores, decíamos, y otros, ahora se habían convertido en nada. Cinco minutos habían bastado para que se produjera la fatal caída de Fanny Assingham. En Cadogan Place, Fanny Assingham siempre podía ser, en el peor de los casos, pintoresca: siempre hablaba de sí misma calificándose de mujer de Sloane Street, en tanto que en Matcham sólo podía ser horrenda. Para ella, el desastre total habría podido nacer de su verdaderamente refinado sentido de la amistad. Para demostrar al Príncipe que en realidad no le estaba vigilando —los motivos para vigilarle habrían sido terriblemente graves—, le había seguido a Matcham en busca del placer, y precisamente por esto podía hacer hincapié en su indiferencia. El Príncipe se dio cuenta de cuán noble era su comportamiento al tomarse semejante molestia, por lo que ningún hombre bueno podía permitirse hacer a Fanny Assingham el más leve matiz de censura. En consecuencia, cuando ella le dijo que le constaba que era una vieja gruñona y que incluso la doncella, cuando la atendía odiosamente, le echaba en cara, día y noche, lo muy vieja y gruñona que era, diciéndolo con descaro en la mirada y en las palabras, el Príncipe no le dijo: «¿Ve lo que ha conseguido? ¿No se da cuenta de que la culpa es suya y sólo suya?». No, el Príncipe se comportó de manera totalmente distinta, porque, siendo hombre eminentemente distinguido —la propia Fanny Assingham le había dicho que jamás le había visto tan universalmente distinguido—, distinguía ahora a Fanny, la distinguía en su oscuridad o, lo que era todavía peor, en su carácter objetivamente absurdo, y la investía del valor absoluto de que estaba dotada, la rodeaba de toda la importancia del ingenio que le era propio. El que el ingenio, en contraposición a la estatura y a la calidad de la piel, a la habilidad en el juego del bridge, y al prestigio de las perlas, pudiera tener importancia, aunque sólo de manera muy vaga, se percibía en Matcham. En consecuencia, la amabilidad del Príncipe para con Fanny —ésta calificaba de amable su comportamiento y, a pesar de sólo calificarlo así, poco faltaba para que a Fanny se le saltaran las lágrimas— tenía la grandeza de una diferencia no sólo general, sino también especial.


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