La Copa Dorada

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—No. Jamás he querido decir algo tan absurdo. En primer lugar, no se lo he preguntado. En segundo lugar, su palabra en esta materia carece de importancia.

Al escuchar estas palabras, el extrañado coronel observó:

—Bueno, a nosotros nos lo dirían.

Durante unos instantes se reflejó en el rostro de Fanny la exasperación que le producían las bruscas salidas del coronel, pasando siempre por encima de los más bellos parterres de Fanny. Pero, a pesar de todo, estimó que debía atemperar su ironía, por lo que se limitó a decir:

—En este caso, cuando te lo digan, espero que tengas la amabilidad de comunicármelo.

El coronel levantó la barbilla y con el dorso de la mano se acarició el pelo que en ella crecía, mientras miraba fijamente de soslayo a su mujer, y decía:

—Yo no he dicho que forzosamente tengan que decirme todo lo que hacen.

—Pase lo que pase, forzosamente tendrán que mantener la boca cerrada, espero. Ahora sólo hablo de ellos gracias a lo que he podido observar. Con esto me basta. No necesito más.

Después de unos instantes de silencio, Fanny Assingham declaró:

—Y son maravillosos.

En este punto, el coronel se mostró de acuerdo:


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