La Copa Dorada

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—Estábamos todos equivocados. No hay nada.

—¿Nada?

Al pronunciar esta palabra, la actitud del coronel fue la misma que si ofreciera la mano a su mujer para ayudarla a subir la cuesta de la orilla.

—Nada entre Charlotte Verver y el Príncipe. Al principio estaba inquieta, pero ya me he tranquilizado. En realidad me había equivocado de medio a medio. Nada hay.

Bob Assingham observó:

—Yo creía que precisamente esto era lo que siempre decías insistentemente. Desde el principio, diste por supuesto la rectitud de los dos.

—No, nunca he dado nada por supuesto, salvo mi predisposición a preocuparme.

Gravemente, sin moverse de la silla, Fanny Assingham prosiguió:

—Hasta ahora no había tenido la oportunidad de ver y juzgar. Y vi, he visto. Y, ahora, sé.

Con más énfasis aún, repitió la palabra allí, en su trono de infalibilidad, lo que le obligó a levantar más la cabeza.

—Sé.

El coronel aceptó esta manifestación, al principio, en silencio; pero, luego, preguntó:

—¿Quieres decir que te lo han dicho ellos?


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