La Copa Dorada
La Copa Dorada En realidad, incluso cabía la posibilidad de que en el rostro de la señora Assingham hubiera una expresión de sutil percepción de una más fina sensibilidad que ella había conseguido que se formara en su marido, una sensibilidad con respecto a la situación en que ella se encontraba, que, por raro que parezca, se disponía a rechazar. Pero se trataba de una flor sobre la que sólo muy levemente se podría respirar y esto fue, a fin de cuentas, lo que la señora Assingham hizo. Le constaba que no tenía necesidad alguna de decir que había dedicado toda la tarde a sus amigos de Eaton Square, y que hacerlo no hubiera sido más que volcar precipitadamente las impresiones recogidas, en grandes cantidades y puestas en grandes cestos, como las púrpuras uvas de Matcham en tiempo de vendimia. Mientras, el proceso de selección de estas impresiones se estaba desarrollando ahora de manera inconfundible y, por parte del coronel, era objeto de unas abstenciones y unas discreciones que casi llegaban a solemnidades; solemnidades, por otra parte, que a nada comprometían al coronel como no fuera a confesarse a sí mismo que tenía clara conciencia de navegar en aguas profundas, y su respetuosa actitud ante este hecho había consistido en no perder de vista a su mujer sin decir ni media palabra. Ni siquiera un instante, durante la aventura de su mujer, había el coronel abandonado la ribera del místico lago, sino que, al contrario, se había colocado en un lugar en que pudiera recibir las señales de su mujer en caso de que ésta le necesitara. La necesidad de ella podía producirse en el caso de que el casco de su embarcación se rajara, en cuyo momento, el deber inmediato del coronel hubiera sido arrojarse al agua, de una manera u otra. Evidentemente, la actual actitud del coronel consistía en contemplar a su mujer allí, en medio de las oscuras aguas, y en preguntarse si acaso aquella muda mirada que le dirigía significaba que el casco se estaba rajando realmente. El coronel se hallaba tan presto al socorro que parecía que su espíritu se hubiera ya despojado de la chaqueta y del chaleco. Sin embargo, antes de que el coronel se arrojara a las aguas, es decir, antes de que formulara una pregunta, advirtió, no sin alivio, que su cónyuge se dirigía hacia la orilla. Vio cómo Fanny Assingham remaba constantemente, siempre un poquito más cerca, y, por fin, oyó el topetazo de la barca contra la orilla. Fue un sonido claramente perceptible; ahora la señora Assingham desembarcó: