La Copa Dorada
La Copa Dorada Fanny Assingham, al llegar a la ciudad, puso en práctica su segunda idea; a este fin, mandó al coronel a su club para que desayunara allí y despachó a la criada, en coche de alquiler, con los diversos efectos del matrimonio, rumbo a Cadogan Place. El resultado de lo anterior fue, para los dos cónyuges, un estado de ocupación tan ininterrumpida que el día transcurrió sin que prácticamente hubiera habido contacto entre los dos. Cenaron juntos, por cierto, pero fue precisamente durante el trayecto hacia el lugar en que cenaron y el trayecto de regreso a su casa, cuando menos hablaron, tanto la una como el otro. Fanny estaba absorta en sus propios pensamientos, que la aislaban de lo que la rodeaba mucho más que la capa amarillo limón con la que protegía sus hombros desnudos, y su marido, enfrentado a aquel silencio, se mostraba menos dispuesto de lo usual en él, cuando se hallaba en aquel brete, a iniciar el fuego, según serían sus palabras. Por aquel entonces los silencios entre los dos eran, por lo general, más largos, y la transición del silencio a la conversación, más brusca. A una charla se lanzaron, a modo de culminación del día, hacia la medianoche. La señora Assingham, de nuevo en su hogar, lo que le producía cierta sensación de fatiga, ascendió hasta la primera planta, donde se dejó caer, como agobiada, en una gran silla dorada, veneciana, situada en la salita ante el salón, silla que convirtió, gracias a la preocupación de expresión de su cara, en una especie de trono de meditación. Por su aspecto oriental, según su libre interpretación del orientalismo, la señora Assingham recordaba un poco a la inmemorial esfinge presta al fin a romper a hablar. El coronel, a su lado, algo tenía de viejo peregrino del desierto acampado al pie de un monumento aunque, poco después, en una operación de reconocimiento, penetró en el salón, en donde inspeccionó las ventanas y las fallebas de las ventanas, recorriendo con la vista el lugar con aire de ser, en una sola pieza, amo de la casa y administrador, comandante y contribuyente. Luego regresó al lado de su esposa, ante la cual quedó en pie esperando por el momento. Pero la señora Assingham también decidió esperar, limitándose a alzar la vista y con faz inescrutable mirar a su marido. En estas maniobras de menor envergadura y en esta consciente paciencia había algo parecido a una tregua en la vieja costumbre de mantener conversaciones divergentes, de comunicarse con interpretaciones erróneas de tiempos. Ahora parecía que el placer de estas conversaciones, tan familiar a los cónyuges, pudiera llevarlos a una situación claramente peligrosa; pero también se percibía en el aire, de modo sensible pero incoherente, que por el momento ninguna situación llegaría a poder ser vulgarmente calificada de peligrosa.