La Copa Dorada
La Copa Dorada La señora Assingham, que lo habÃa meditado todo, prosiguió:
—SÃ, porque si Maggie fuera desdichada, tengo la seguridad de que ésta serÃa la solución que adoptarÃa. Pero ¿cómo va a ser desdichada, cuando, como también estoy convencida, es el centro de todo, y adora a su marido tanto o más que antes?
Estas palabras indujeron al coronel a meditar largamente. Por fin, preguntó:
—Entonces, si Maggie es tan feliz como dices, ¿qué diablos pasa? Al oÃrle su esposa casi se abalanza sobre él:
—En ese caso, ¿piensas que Maggie es desdichada y lo oculta?
El coronel levantó los brazos en actitud de rendición, diciendo:
—Querida, te los dejo a todos a tu disposición. No tengo nada más que decir.
—Esto no es muy amable por tu parte que digamos.
La señora Assingham habÃa hablado ahora, como si el coronel acostumbrara a ser amable. Ella insistió:
—Has reconocido que era «extraño».
Y estas palabras tuvieron la virtud de que el coronel, por el momento, volviera a centrar su atención en un punto antes debatido:
—¿Se ha quejado Charlotte de no tener habitaciones para sus amigas?