La Copa Dorada
La Copa Dorada —Que yo sepa, jamás. No, Charlotte no suele adoptar actitudes de esa clase. Y además, ¿a quién se puede quejar?
—¿No estás tú siempre a su disposición para eso?
Como si se tratara de un capÃtulo cerrado, exclamó, sorprendida:
—¡Oh, «yo»!
Luego, dijo:
—Para ser justa con Charlotte debo decir que de dÃa en dÃa me parece más y más extraordinaria.
La reiteración de esta última palabra provocó que en el rostro del coronel apareciera una expresión de matiz más profundo:
—Si todos y cada uno de ellos son tan extraordinarios, ¿no crees que lo mejor es lavarse las manos de sus asuntos y mantenerse al margen?
El rostro de la señora Assingham reaccionó ante esta pregunta como si sólo fuera el último resto de un tono anteriormente empleado y que ahora resultara improcedente debido a la gravedad que la situación habÃa alcanzado. Su dura mirada revelaba el estado de sus nervios de manera que el coronel, siempre alerta, decidió retroceder a terrenos más seguros. Antes habÃa hablado en este tono de hombre normal y corriente, pero ahora tenÃa que hacer algo más de lo que hacen los hombres normales y corrientes. El coronel dijo: