La Copa Dorada
La Copa Dorada —¿Es que Charlotte no tiene a su marido…?
—¿Para quejarse? Prefiere morir a hacer semejante cosa.
—¡Oh…!
Ante la visión de tan extremas soluciones, la cara de Bob Assingham se alargó dócilmente:
—¿Y no tiene al PrÃncipe?
—¿Para esa clase de asuntos? El PrÃncipe no cuenta para eso.
—Pues yo pensaba que la causa y motivo de su agitación radicaba en que ésta es precisamente la función del PrÃncipe.
La señora Assingham tenÃa ya dispuesta su matizada defensa ante esta argumentación:
—No cuenta en absoluto como persona a la que dirigir quejas. El motivo de mi excitación consiste precisamente en que Charlotte bajo ningún pretexto será causa de aburrimiento del PrÃncipe. ¡Es incapaz!
Al imaginar la superioridad de la señora Verver, superioridad que le impedÃa cometer semejante error, la señora Assingham, con su expresión caracterÃstica, levantó bruscamente la cabeza, a modo de tributo a la general discreción de aquella señora en toda circunstancia, tributo que el referido personaje sin duda alguna habÃa recibido personalmente más de una vez. El coronel, después de emitir un bajo sonido parecido al de hacer gárgaras, dijo: