La Copa Dorada

La Copa Dorada

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—Veinte mudas, y vestidos. Y todo lo que quieras. En realidad, Maggie se viste pensando tanto en su padre como en su marido y en ella misma. Conserva sus habitaciones en casa de su padre casi igual que cuando era soltera, de la misma manera que el chico tiene su cuarto de jugar, su segundo cuarto de jugar, en el que te aseguro que la señora Noble, cuando acompaña al muchacho, se siente totalmente a sus anchas. La señora Noble ocupa allí tanto espacio y se siente si bien que si Charlotte quisiera invitar a una o dos amigas a pasar unos días con ella, en su propia casa, y valga la expresión, casi no podría aposentarlas.

Aquél era un cuadro que el coronel, anfitrión ahorrativo, comprendía bastante bien:

—¿Tanto espacio ocupan Maggie y el niño?

—Tanto.

El coronel dio su opinión:

—Es un poco extraño, realmente.

La calificación del coronel agradó a su cónyuge:

—Es lo que yo digo. No diré que sea algo más que extraño. Pero es extraño, muy extraño.

Al cabo de unos instantes, el coronel ya había analizado las palabras de su esposa:

—¿«Más»? ¿Qué más podría ser?

—Pues podría significar que Maggie no es feliz, y que se consuela de su desdicha a su manera.


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