La Copa Dorada
La Copa Dorada —¿Qué quiere usted decir con la palabra «puridad»? Me parece importantísima. Ha empleado usted una de esas fórmulas que suelen utilizarse para decir algo… no sé… equívoco. Yo no hablo así. ¿Qué ha ocurrido? ¿Qué es ese algo que realmente me afecta?
La dueña de la casa eliminó de su voz el tono irónico e ingenioso:
—Será para mí un placer que asuma usted la parte que le corresponde.
Charlotte Stant está en Londres. Hace unos instantes se encontraba en esta casa.
—¿La señorita Stant? ¿De veras?
El Príncipe se había mostrado claramente sorprendido, su reacción fue sincera y sus ojos quedaron fijos en los de la señora Assingham, con cierta dureza en sus miradas. Entonces preguntó inmediatamente:
—¿Ha llegado de Norteamérica?
—Parece que ha llegado este mediodía, desde Southampton, y se ha alojado en un hotel. Me ha visitado después del almuerzo y ha estado conmigo más de una hora.
El joven Príncipe la escuchó con atención aunque su interés era inferior a su alegría:
—¿Y cree que este hecho me afecta en parte? ¿Cuál es esa parte?